sábado, 23 de julio de 2011

LA HEROICA DECISIÓN

Las emisoras de radio estaban, una vez más, como ellas mismas repetían con cansina insistencia, “en el filo vivo de la noticia”. Las intervenciones de las unidades móviles se sucedían ininterrumpidamente para que la población supiese, en cada instante, cuál era la situación real.
La familia, reunida alrededor de la mesa, mantenía la mirada fija en el pequeño receptor de radio. Junto a la puerta, preparado para una rápida salida, esperaba un equipaje no muy voluminoso.
Las noticias se multiplicaban. El número de muertos iba en aumento. Las autoridades comparecían frecuentemente ante los medios para aconsejar prudencia. Las fuerzas de seguridad, la Cruz Roja y Protección Civil actuaban sin descanso. El Ejército no había sido requerido, lo cual, comentado en voz baja entre ambos cónyuges, hizo pensar a la tensa prole que quizás las cosas no habían llegado a su máxima gravedad.
Al avanzar la mañana, nuevas víctimas se añadían a la ya abundante lista. El padre era consciente de su responsabilidad y sabía que el momento de la decisión no podía aplazarse mucho más. Las miradas familiares se clavaron, expectantes, en él y la tensión subió varios grados cuando, tras pasar la vista sobre su familia, se dirigió con gesto heroico hacia la puerta de la casa componiendo la frase que creyó digna de la situación.
-Querida esposa, amados hijos, ¡vayámonos! El apartamento de la playa nos espera y el alquiler empieza a contar a partir de hoy.


DEDICATORIA Y AGRADECIMIENTO
A la Dirección General de Tráfico, que este año ha evitado sus usuales  campañas tremendistas para aterrorizar a la, hoy llamada, ciudadanía.

domingo, 3 de julio de 2011

EL LADRÓN DE IDEAS

Al llegar a su casa después de cerrar la peluquería, abrió, como todas las noches, la cámara blindada donde guardaba las ideas robadas. Cuando terminó de distribuir en los espacios oportunos la cosecha del día, contempló con delectación su ideoteca, de la que tan orgulloso estaba.
Desde muy joven había mostrado su inclinación por la peluquería y, con el paso de los años, llegó a ser un excelente profesional y pudo abrir su propio establecimiento. Un día, ya lejano, mientras reducía a la mínima expresión, a petición del cliente, la abundante cabellera de un excéntrico y conocido filósofo mimado por los medios de comunicación, observó que un racimo de ideas, escapadas de tan privilegiado cráneo, habían quedado enganchadas en las tijeras. Disimuladamente se las guardó en el bolsillo de la bata y, cuando llegó a su casa, las puso encima de la mesa de la cocina y estuvo un largo rato contemplándolas.
Aquel acontecimiento casual cambió su vida. Desde entonces, cada vez que cortaba el pelo a un cliente, le robaba algunas ideas. Con frecuencia eran ideas insulsas y banales, pero a él le daba igual. La pasión de un coleccionista puede, y suele, llegar a nublar el sentido crítico sobre la calidad de sus piezas.
En parte por tratarse de un producto de la rapiña, y también porque había descubierto que las ideas son volátiles, decidió construir una cámara blindada para albergar su ideoteca, que iba alcanzando un volumen descomunal. La cantidad de ideas aumentaba, y no solamente por la aportación del robo de cada día. Una noche había descubierto unas ideas recién nacidas que él nunca había llevado hasta allí: las ideas se reproducían en cautividad. Nunca pudo averiguar si se trataba de generación espontánea o era el fruto de una placentera coyunda de ideas en la cómplice oscuridad de la cámara blindada.
Quizás su felicidad hubiera sufrido un serio quebranto de haber sabido que el chico que barría la peluquería estaba haciendo una ideoteca clandestina con las ideas que se caían al suelo, enredadas en los cabellos cortados, y que esas ideas, que habían intentado la fuga, eran las mejores.